Diez años de blog

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Hoy me ha enviado Twitter un mensaje de agradecimiento. Sin ti no hubiera sido posible. Por diez años más. Entonces he advertido que yo también debiera haber hecho algo parecido. Haber mandado un mensaje de agradecimiento al medio millón de personas distintas que han visitado alrededor de dos millones de páginas de este blog desde el 21 de marzo de 2006, en que, el mismo día que Twitter nació, comenzó a publicarse. Casi mil textos y calculo que unas mil quinientas páginas en formato analógico. Después de todo, es el proyecto literario -sí, literario- al que más tiempo dediqué en mi vida.

El blog estuvo, desde ese 21 de marzo de 2006 hasta 2014, alojado en blogger, hasta que un día blogger se negó a que pudiera seguir alojando imágenes adecuadamente en su servidor. Las imágenes siempre fueron importantes en El síndrome Chejov, así que, después de muchas dudas, continué el blog en la dirección actual, de wordpress. Compaginé durante mucho tiempo ambas páginas hasta que decidí cerrar la antigua página de blogger.

Me pareció bien continuar en este nuevo síndrome, a mi ritmo, sin pensar demasiado en la exigencia que intenté mantener años atrás. Los que siguieron aquella primera etapa -muchos de los cuales ni siquiera saben que el blog está aún por aquí- son los lectores de libros de cuentos, y en esta nueva etapa el cuento no es el elemento principal, porque tampoco en mis lecturas actuales lo es. En realidad, nunca lo fue. Nunca he sido un fanático del cuento, de esos que no admiten dedicar sus lecturas a otros géneros. De hecho, más bien sucedió lo contrario. Durante esos años, leí más cuento de lo que estaba acostumbrado, y eché de menos dedicar más lecturas al ensayo, el cine, la filosofía o el arte.

Ahora que Twitter y este blog, por increíble azar, cumplen diez años el mismo día -el mismo día en que una de mis hijas cumple ocho años, otro azar- pienso en las horas dedicadas al blog, a leer cuentos, a preparar entrevistas con escritores, a defender un género apasionante, y me pregunto hasta qué punto las ilusiones que tenía como bloguero en aquel 2006 se han visto satisfechas diez años después. Entonces, ese marzo de 2006, pocos imaginábamos que las redes sociales que entonces echaban a andar adquirirían tanta fuerza. Creíamos que los blogs contribuirían a transformar los modos de intermediación cultural, y que un sistema de difusión más libre e independiente cambiaría la situación de las revistas culturales, los suplementos y el modo de hablar de libros y de invitar a su lectura. Puede que esos primeros años la cosa funcionara, pero apareció Facebook, se desarrolló Twitter y en cierto modo todo se echó a perder. Lo único que los blogs ganaron fue el que los trolls -los que en español antiguo eran llamados malas personas- emigraron de ellos a esas otras redes, en los que era más fácil, en charlas privadas, despellejar al prójimo y medrar. También hubo tiempo para que se hicieran populares otro tipo de blogs, en los que la crítica divertida y muy burra, la apariencia radical y destroyer, el ingenio puesto al servicio de la destrucción del trabajo ajeno, era reconocida como auténtica. Esto es muy español: se le concede al que habla mal de otro una verosimilitud indecente, por peregrinos y poco fundados que sean los argumentos utilizados. Cuando, en cambio, se habla bien de otro escritor, la sospecha reina entre los del colmillo retorcido: si habla bien, no es sincero, busca algo.

Los blogs -hay muchos, y algunos muy buenos- han perdido ese empuje transformador. El sistema cultural es el mismo que entonces. Ha sabido absorber a muchos de los outsider que amenazaban con derribar algo y ahora escriben en revistas y suplementos. Estos, por cierto, se han llenado de escritores que comentan libros, en detrimento del crítico profesional, una especie a extinguir.

Respecto al cuento, pocos cambios. El panorama puede ser decepcionante, porque diez años después no creo que el cuento haya encontrado muchos más lectores. Tampoco pienso que eso sea negativo. El cuento tiene sus lectores. Las tendencias: no me apetece hacer un repaso, pero reconozco que me interesa menos el cuento que se está haciendo ahora -aunque hay muchas estéticas, y eso es magnífico, predomina un estilo naif-ingenuo, antinarrativo, que ha tomado demasiados vicios de los talleres de escritura-. Lo que no impide que sigan surgiendo libros muy atractivos y escritores/as poderosos/as. Tras unos años de aparente repercusión, el cuento vive una normalización poco lustrosa.

Acabo este texto, escrito apresuradamente -la falta de tiempo, otra soga cada vez más ceñida a lo largo de estos diez años-. Me espera una niña que está pasando con fiebre el día de su octavo cumpleaños. Frente a eso, como ustedes comprenderán, el que este blog o Twitter cumplan diez años, que la gente lea o no cuentos, me parece pura minucia.

 

Imagen: Stephen Shore

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