El idioma materno – Fabio Morábito

 

 

idioma materno

Compré El idioma materno porque escuché, en un programa de radio, el primero de sus textos: «Scrittore traditore». Preparaba la comida, buscaba a Dios entre los fogones, aunque sólo encontraba cocciones inadecuadas, y atendí a la lectura del texto que comienza así: «A los siete años me enamoré de un compañero del colegio. Me habría podido enamorar de una niña, pero en mi escuela los niños y las niñas estaban separados, así que me enamoré de la única niña que estaba a mi alcance, y ésa era Massimo P., un niño tímido de facciones delicadísimas que no hablaba con nadie». La engañosa apariencia del texto de Fabio Morábito braceaba entre el microcuento y la reflexión, entre la memoria y la indagación en las paradojas cotidianas. En ese primer texto, concretamente, analizaba cómo descubrimos resquicios para hacer daño en los momentos más insospechados. «Vislumbré que mi vocación sería escribir libros, casi al mismo tiempo que conocí el sabor de la traición. Siempre he pensado que son dos vocaciones estrechamente unidas.» ¿Qué era ese libro que comenzaba con ese texto tan malvado y tan tierno a la vez? Tenía que leerlo.

El libro de Morábito es una auténtica maravilla, un breviario gozoso que no tiene 180 páginas sino, como mínimo, el doble, puesto que cuando acabas cada uno de sus breves textos, de dos páginas, lo relees de inmediato. Muchas de sus reflexiones giran sobre el hecho de por qué escribimos, empeñados en nombrar cosas que no somos capaces de designar con todos sus matices, empeñados en contar historias de las que no poseemos todos los detalles. «No concibo la escritura como una actividad preclara, sino furtiva.» Nuestro idioma materno, el que alguien elige para nosotros, el que nos fuerza a un determinado acto de habla, una vez perdida la capacidad del niño, cuando nace, de «proferir los sonidos de todas las lenguas». Pero también el idioma materno como lengua creadora de misterio para aquel que no la conoce, como el narrador no entiende la lengua materna de su mujer, «y en el misterio que eso supone, se cifra gran parte de su belleza y de mi amor por ella». O esa alusión a los escritores, como Conrad o Nabokov, que escriben en una lengua que no fue la materna, y que «suele traducirse en un exceso de estilo, o sea, un exceso de máscara, para ocultar, como el vampiro, su condición de parásito». Siempre he tenido esa sensación leyendo a Nabokov. Morábito hace creíble el por qué Kafka nombra a sus personajes apenas comienza las narraciones: «los nombres propios, esas palabras que designan a un solo individuo y por ello son una suerte de agujeros negros del lenguaje». En «La hora de la digestión», como en «Scrittore traditore» describe cómo las horas de parálisis a que los padres obligaban durante el tiempo de la digestión tras la comida, antes de bañarse, podían ser el tiempo aprovechado para descubrir un modo de maldad: «raras diversiones en medio de aquel pasmo generalizado, que era incinerarlas (las hormigas) con una lente de aumento para admirar sus contorsiones». Esa relación entre la literatura y la traición o algún modo de maldad está presente en muchos de los textos del libro. Escribimos para escondernos, para vengarnos, para encontrar un remedo de realidad en la que tenemos el control, y también para ahuyentar los huecos y distorsiones que hace anidar en nosotros ese idioma que alguien nos ha metido en la sangre, por el mero hecho de nacer. O somos libro o lectura. Somos texto o fonema. Somos políglotas superficiales u oscuras lenguas a punto de perderse. En esos desvanecimientos de nuestra frágil condición humana se desarrollan estos textos inteligentes sin ser nunca pedantes, más irónicos que divertidos, tiernos y sutilmente melancólicos, por su rememoración de la infancia. Su ingenio no es gratuito, sino necesario, iluminador.

Hay varios textos dedicados a la obsesión por subrayar, de la que yo confieso ser un enfermizo adicto. Cuando subrayas un libro te posesionas de él, y algo nuevo ocurre en aquellas palabras que destacas. En «El subrayador», precioso, Morábito destaca que «no hay como leer los propios subrayados para conocerse. En un gesto tan simple y espontáneo nos descubrimos sin tapujos, pues decimos más profundamente lo que sentimos cuando lo decimos con palabras de otros. Mira con lástima a muchos amigos suyos, poseedores de espléndidas bibliotecas que casi carecen de subrayados. Por permanecer cómodamente sentados en vez de levantarse a buscar un lápiz, ahora, cerca del final de sus vidas, no saben quiénes son y buscan en vano en los libros leídos una marca cualquiera hecha de pasada, al descuido, para intuir algo de lo que eran, algo de lo que han sido».

Lógicamente, leer de seguido este libro no es el mejor modo de disfrutarlo. Más bien, habría que hacerlo con la cadencia y periodicidad de su publicación original en periódicos, como se «lee» una viñeta de El Roto, esperando ver cada día qué nos dirá, qué nos aportará, desde qué ángulo sorprendente observará una realidad que se beneficia y enriquece, por su mirada esquinada tan lúcida como juguetona.

Confío aún, ilusamente, en la literatura como una forma de felicidad inteligente. La lectura de El idioma materno me ha regalado generosa inteligencia y felicidad.

El idioma materno

Fabio Morábito

Editorial Sexto Piso

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