El gran imaginador – Juan Jacinto Muñoz Rengel

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gran imaginador

¿De verdad ese puñado de rasgos podía encarnar todo lo que se escondía dentro de sí? ¿Sus miles de mundos? ¿Sus seiscientos cuatro mil personajes ficticios con sus nombres y existencias inventadas?

 

Cada escritor escribe durante su vida un libro, o dos o tres, como mucho, que es la suma de todos sus esfuerzos, la culminación de un proyecto que, a lo largo de muchos años, ha ido virando de la idea a la pasión, hasta acabar como una obsesión que se lleva por delante millones de neuronas insustituibles, de fuerzas que ya no volverán a sentirse tan enérgicas, y que dejan al escritor, una vez el libro se ha escrito, con el cerebro asediado por la duda de hasta qué punto ha sido capaz de plasmar en sus páginas lo tan soñado.

El gran imaginador es, para Juan Jacinto Muñoz Rengel, ese libro. Con suerte, el primero de ellos. Una novela fantástica exhaustivamente documentada, en la que se narra con meticulosidad de autor realista —todo lo contrario de lo que él es— la vida, durante el siglo XVI, de un personaje entrañable, Nikolaos Popoulos, que cruzará su destino con el de Miguel de Cervantes en el capítulo inicial, reproducción entusiasta de la batalla de Lepanto, además de con numerosos mitos de la literatura fantástica. Drácula, Erzsébet Báthory, la Condesa sangrienta, una muy particular guerra de los mundos a lo H.G. Wells, que me cuido mucho de desvelar, e incluso el Gólem del judío de Praga, que Gustav Meyrink narró en su novela de 1915. Popoulos, el ateniense, al que conoceremos desde su niñez hasta un melancólico final, es un infeliz que recorrerá mundo junto con su contrario y tan querido escudero, su inseparable amigo Mixalis Phanerotis, de físico quijotesco y que monta un rocín descoyuntado, toda vez que Popoulos es rechoncho y va a caballo, en uno solo de los juegos literarios con los que Muñoz Rengel va salpicando las casi 500 páginas de la novela.

Leerla, como yo lo he hecho, durante la navidad, ha sido un regalo stevensoniano, puesto que una gran virtud de la novela es su invocación del poder, devaluado hoy, de la imaginación, de la lectura capaz de transportarnos a tiempos y lugares lejanos. Así, la topografía de la novela, y su desarrollo argumental, logra reproducir las características de las novelas que nos sumergían dentro de sus páginas y lograban que no nos interesara demasiado lo que ocurría fuera de ellas. Alcanzar eso en estos tiempos cínicos es caza mayor.

Hitchcock desaconsejaba comenzar una película con la escena de una gran explosión, porque obligaba al director a seguir de una forma más impactante. Los primeros capítulos de El gran imaginador navegan durante la batalla de Lepanto, lo que demuestra que Muñoz Rengel no es hitchcockiano, y que no tiene miedo a desbordar con peripecias y aventuras las páginas de su libro, diseñado a la manera de como Orson Welles entendía el cine: un maravilloso tren eléctrico que pone los sueños en movimiento.

En los vagones de ese tren, junto al dispositivo claramente fantástico hay una muy interesante justificación metaliteraria de la tesis de la novela: que la vida no merece ser vivida si se margina de la existencia la capacidad regeneradora de la imaginación y sus poderes terapéuticos frente a la frustración, el dolor y la mentira.
Y a lo largo de la meditada estructura de la novela, en los intersticios de las numerosas cajas chinas de su trama, escrita con un lenguaje vigoroso, abunda la reflexión de que la historia se repite como un torpe simulacro de sí misma. Las cosas más terroríficas que recordamos, los crímenes más horrendos, las guerras más pérfidas, los atentados más brutales contra la cultura ya fueron cometidos en la época de Popoulos, pero también en épocas anteriores a la suya, porque, como se menciona en el estupendo capítulo 22, dedicado a la quema de libros a lo largo de la historia, «tras la quema de los miles de ejemplares atesorados por los bizantinos, el odio al papel y a la palabra escrita pareció extenderse como un virus por todo el Mediterráneo y hasta por el planeta».

Todo ha ocurrido ya antes, muchas veces.

Y ese laberinto borgiano, esa mise en abyme que nos enfrenta al vacío ante la repetición de lo horroroso, esa descripción de una realidad adversa y tremebunda, Popoulos la supera, la trasciende, mediante el poder omnímodo y salvífico de la imaginación. Un poder más glorioso que el de la literatura, pues no la precisa para existir, como ejemplifica su propia historia. Él es un escritor sin obra, un Pepín Bello que es capaz de multiplicarse dentro de sí, inventándose personalidades distintas, muchos otros mundos, que están en él, a lo Éluard. Y esas metamorfosis le hacen salir con bien de sus estrafalarias y peligrosas aventuras.

Por último, uno de los temas fundamentales de la novela es la vigencia del simulacro y la falsedad, y cómo se hace necesario tirar de ella para prosperar en el mundo. Su estancia en el monte Athos —mi parte preferida de la novela— introduce a Popoulos en el comercio de las falsas reliquias religiosas, y El gran imaginador puede ser leído como una sutil alegoría del sistema literario y su indispensable trama de influencias, conveniencias y falsarios egotismos. Sugiere que cualquier gloria, incluso la de Cervantes, tal vez se haya edificado sobre un puñado de mentiras bien urdidas.
Puede leerse así, claro, pero yo prefiero quedarme con la otra lectura, la de la imaginación y la fantasía como refugio ante las oscuridades del mundo. El gran imaginador canta esas bellezas, y Nikolaos Popoulos las sirve, con todo su empeño, hasta el final y sin descanso.

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