Luz corriente – Francisco Baena

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Luz corriente parte de la metaliteratura para construir una novela confesional. Su protagonista, Martín, podría ser perfectamente un trasunto del autor, Francisco Baena (Madrid, 1967). Varios detalles de la narración lo dan a entender, aunque quizás la construcción puramente imaginaria sea mayor de lo que el lector intuye. Inscrita en la autoficción que tanto éxito ha tenido en los últimos años, y con numerosas referencias a Auster, Trapiello, Karl Ove Knausgard o Javier Cercas, pero partiendo del ejemplo de Albert Camus cuando hablaba en El primer hombre de sus orígenes, Martín se plantea narrar la muerte de su padre, aunque acabará contando también la vida de la tercera generación, la del abuelo.

“El libro estaba ahí.” El libro es el tema, la muerte del padre. ¿Cómo contar aquello que es vital para el autor-personaje de un modo cercano al lector? ¿Cómo transformar en literatura una experiencia personal que siempre es traumática, y que al tiempo nos forma y nos deforma? Nos deforma por aquello de lo que nos priva, pero también nos forma al enfrentarnos, definitivamente, con un futuro que nos vencerá, sin intermediarios. ¿Por qué el escritor siente la necesidad de contar, en tantos libros, ese prematuro vínculo directo con la muerte?

En su primera parte, durante cincuenta páginas, Francisco Baena, que trabaja como coordinador de exposiciones del Centro José Guerrero de Granada y escribe sobre arte y estética, busca referentes artísticos y literarios desde los que afrontar la escritura de “ese libro”: la obra a la que nos aboca la desaparición del padre, que es como decir la obra a la que nos obliga saber que seremos los próximos, que ante nosotros ya no hay incógnitas. Él se apoya en las palabras y estrategias literarias de otros autores, como los mencionados Auster en “La invención de la soledad” o Ove Knausgard en “La muerte del padre”. Si la experiencia de la desaparición es común, los modos de contarla son variados, y Martín-Baena se apoya en los libros de los otros para, diez años después de la muerte de su padre, narrar la marca de una ausencia tan importante. “Así que Martín piensa que, quizá, la paternidad es una figura herida consustancialmente de muerte.” Pese a ser las páginas más metaliterarias de la novela, también me parecen las más sinceras, las más cercanas, con atinadas reflexiones literarias.

Esa sinceridad narrativa también está muy presente en la segunda parte del libro, que bajo el título “El titilar de la vela” narra el momento exacto de la muerte de Justo, la facilidad con que la vida se quiebra, inesperadamente, en pleno verano, tras sufrir un ataque mientras mira el mar desde una silla. De ese modo, como de cualquier otro, puede llegar el final. Las páginas en que narra la insufrible estancia en el hospital, aguardando un final que no llega, transmiten la angustia de la despedida.

“También en el hospital, a veces, recibía extrañas visitas. Martín había observado comportamientos extravagantes en su padre. Como nada sabía de sus visiones, se lo comunicó a sus hermanas. Y una vez enterado todo le cuadró. Justo notaba presencias que nadie más podía advertir. Se quedaba pendiente de ellas, mirando atento. Y tranquilo. Fueran lo que fuesen, no lo aterrorizaban. En sus pupilas brillaba más bien la curiosidad. Observaba esos entes con interés, y mientras duraba el examen se olvidaba de Martín. Podía parecer que lo miraba a él, pero no. Bastaba inclinarse o moverse un poco a un lado para comprobar que sus ojos no lo seguían, que se mantenían fijos en algo que Martín no alcanzaba a ver, imantados por no sabía qué. Otras veces, según le contó su hermano Sergio, parecía querer atrapar esos cuerpos invisibles como si se tratara de moscas o pajarillos. Ángeles diminutos. Duendes.”

 

En la tercera parte, la más extensa, el narrador se retrotrae al pueblo almeriense de Dalías durante el estallido de la guerra civil. Es ahora el abuelo del protagonista, Miguel, quien ocupa el foco de la narración. Con equidistancia, cuenta cómo un hombre de bien se ve atrapado en la vorágine de la guerra. Miguel es un escritor aficionado, un hombre culto en medio de una época inculta y convulsa. Aunque se describen muy documentadamente los pormenores del desarrollo de la guerra civil en esta zona de Almería, la narración se hace aquí tal vez más explicativa y con intertextualidades excesivas que procuran que entendamos el clima de aquel tiempo, en el que cualquiera, si estaba en el lugar equivocado, podía ser asesinado.

Finalmente, en “Del relámpago el fulgor”, es Justo, el padre de Martín a quien ya hemos visto morir, quien protagoniza el relato. En la plenitud de su vida, abriéndose camino en el Madrid de los años sesenta, donde nace Martín. Esta zona final de la novela quiere ser, junto al retrato vital de Justo, un retrato de una época, el tardofranquismo, y del nacimiento de algunos movimientos sociales, en este caso el del compromiso social de la Iglesia cercana al sector obrero.

Llena de referentes literarios muy actuales, Luz corriente busca su propio camino literario en un tiempo en el que la literatura no deja de interrogarse a sí misma, cuestionándose sus métodos, su sentido, su propia finalidad. Su respuesta parece ser, en cierto modo, que siempre tendremos padres y abuelos, y siempre merecerán una narración. Albert Camus estaría de acuerdo.

Luz corriente

Francisco Baena

Editorial Pre-textos

 

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