Lector voraz – Robert Gottlieb

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¿Algún libro más adecuado para retomar las publicaciones en esta página que las memorias de Robert Gottlieb, Lector voraz? 

Cuando preparaba este texto murió inesperadamente el editor Claudio López Lamadrid. El título del libro de Gottlieb podría ser, precisamente, el lema perfecto de muchos editores que han vivido consagrados a la lectura y haciéndose, al valorar manuscritos, nobles apuestas mentales contra sí mismos. Solo cuando ganaban decidían abrirle el camino a un autor y publicar su texto. 

Aunque la tradición los pone en lados enfrentados del camino, a escritores y editores los une la condición de lectores. Una entrega desmedida, alucinada y posiblemente paranoica al acto de leer, que no cesa. No se puede acallar el deseo insaciable de pasar el día entero entregado a la lectura. De leer y releer a los clásicos pero también a los contemporáneos. Acercarse a lo nuevo con confianza en que la literatura siga exhibiendo sus poderes.

De todos modos, muchos escritores —seguro que también algunos editores— no son lectores voraces. No es inusual que aquellos que alcanzan el éxito o cuya obsesión es lograrlo, descuiden la lectura y se centren en escribir sus textos mientras tejen las relaciones personales más convenientes, sin perder su valioso tiempo en leer los demasiados libros que tanto agobian y dispersan la atención. Por eso el título que Gottlieb —o su editor, quién sabe— ha elegido para sus memorias defiende una concepción aristocrática de la edición. El buen editor no puede aspirar a otra cosa que a ser un lector voraz. 

Ese apetito depredador aguza la vista y permite la visión microscópica del libro juzgado. Con una particular mezcla de soberbia neoyorquina y humildad laboriosa, Gottlieb reitera que el trabajo del editor consiste en apoyar al escritor. De un modo particular, eso sí. Desarmando la novela junto a él, volviendo a montarla, arrancando al texto personajes y subtramas completas, reescribiendo y escribiendo párrafos, páginas y escenas nuevas, como cuenta que hizo con uno de sus primeros autores. Comprometerse a hacer del libro que le llega el mejor posible, participar minuciosamente en el proceso de edición y, por fin, desaparecer. Reconoce que su momento favorito de la semana eran las reuniones de publicidad, quizás porque era el único en que se aireaba de tanta lectura y ahuyentaba la polilla. 

El carácter reservado de Gottlieb le concedió una aureola senatorial. El tributo que se cobraba con el prestigio ganado a fuerza de editar con coherencia a los mejores autores no era otro que fabricar tiempo para seguir leyendo. 

Un lector actual probablemente asista fascinado a esta narración porque las memorias de Gottlieb contagian aroma de fin de época. Los grandes editores desaparecen —se jubilan, se mueren o publican poesía youtube style— y las nuevas corporaciones editoriales anglosajonas buscan otro target, un páramo extraño muchas veces al riesgo. Pero no habría que acercarse a Lector voraz en esa clave testamentaria. Gottlieb trabajaba a destajo porque, más allá de su pasión por la lectura, le apasionaba el desafío de publicar un buen libro y hacerlo llegar a los lectores, a quienes procuraba seducir con la mejor campaña publicitaria. Sí, Gottlieb quería, por encima de otra cosa, vender libros. No muy distinto de lo de ahora.

Lo que lo hace mítico a nuestros ojos es que, gracias a su voracidad lectora y a los ofrecimientos de los agentes norteamericanos, que tienen en estas memorias una importancia grande, Gottlieb publicó a Bradbury, Heller, Cheever, Updike, Lessing, Dahl, Rushie, Le Carré, Brodkey, DeLillo, Morrison, O’Brien o Carver, entre otras luminarias, pero también a malos escritores como Michael Crichton, cuyas novelas quizás podría haber firmado como coautor por lo mucho que las trabajó, a grandes mitos de Hollywood como Lauren Bacall o Katharine Hepburn o al expresidente Clinton, para Gottlieb simplemente Bill, y a otros muchos autores que no han sido traducidos en España y cuya importancia se antoja muy menor. 

Estas son las memorias profesionales de un lector compulsivo: «¿Qué sentido tenía leer solo algunos de los libros de un escritor?», que trabajó en Simon and Schuster, Knopf, The New Yorker y, finalmente, de nuevo, en Knopf, en la época en que recibir un manuscrito doblado era «signo de que, en aquellos días previos a la Xerox, esa única copia había sido rechazada por varios editores». Frente al criterio del otro grande Gordon Lish, cuyas novelas también publicó, pensaba que «lo más dañino que le puede hacer un editor a un escritor es intentar convertir un libro en algo que no es, en vez de intentar crear una versión mejorada de lo que ya es».

Respetaba a los lectores, quienes «tienen derecho a sentir que lo que están leyendo les llega directamente del autor», tanto como a los escritores. Estaba obsesionado con responderles sin tardanza: «¿Por qué posponer la lectura de un manuscrito o la realización de un trabajo editorial? Tarde o temprano vas a tener que hacerlo, y hacerlo de inmediato no lleva más tiempo que retrasarlo por cualquier motivo neurótico». 

De su perfeccionismo obsesivo se sintió redimido cuando, al jubilarse, comenzó a publicar sobre danza: «La danza me liberó de las ataduras del lenguaje y equilibró mi vida». 

Gottlieb retrata un mundo a punto de acabarse, en el que casi todos sus amigos se le han muerto. Lector voraz podría ser un testimonio de hasta aquí hemos llegado y, en cambio, retrata la pulsión vital de un hombre que, cercano a los noventa, insiste en reinventarse y encontrar nuevos temas sobre los que escribir y con los que apasionarse como un jovenzuelo.  

El mayor inconveniente de estas memorias es paradójicamente su trabajo de edición, el consabido autocontrol para que el material esté dosificado y la estructura no se desmande. Gottlieb acumula una sucesión de anécdotas sobre los autores con los que ha trabajado y selecciona algunos libros de entre los que intervino. Destaca Trampa 22, de Joseph Heller, que labró el prestigio de autor y editor. No da prelación alguna a sus grandes escritores frente a otros menores, autores de superventas muchos de ellos. Supongo que en el libro contable de un editor todos tienen el mismo peso, pero se lamenta la tacañería con la que despacha sus relaciones con Cheever, Carver, DeLillo, Updike o Cynthia Ozick, a las que dedica apenas unos párrafos anecdóticos. Ahí aparece, mal disimulada, la altanería del editor, la misma con la que se enorgullece de no haber publicado a John Fowles o, sobre todo, a John Kennedy Toole. 

A pesar de ello, hay anécdotas deliciosas, como las pestes que cuenta de Roald Dahl, la dureza con la que retrata a Susan Sontag y a Salman Rushdie o la ambivalencia con la que describe a Lauren Bacall, de la que no llegó a ser amiga, porque «no tenía talento para la intimidad: era demasiado cautelosa». Aunque para mí el mejor retrato del libro es el de una figura menor, Eleanor Gould, la correctora del New Yorker, con el que Gottlieb demuestra la fascinación que sentía hacia los perfeccionistas como él, quienes se atormentan por mejorar su trabajo más allá de lo razonable. 

Pero en todo caso, amigos, fue Gottlieb, que escribe «mi religión es la lectura», quien ideó la Biblia de los devotos del relato, el libro rojo de Cheever —que ganó el Pulitzer dos años antes que el libro despreciado de Kennedy Toole—, así que pleitesía eterna ante su talento.

Lector voraz es uno de esos volúmenes que se compran con gusto. El diseño de edición es magnífico, la portada atractiva, la encuadernación sólida, la caja generosa, el papel de buena calidad y mejor olor. La experiencia sensorial con el libro es insuperable. Por eso las erratas producen chirrido de uñas sobre la pizarra. Yo he detectado diecisiete, algunas tan extrañas como las siete veces —págs. 135-138— en que Simon and Schuster se transforma en Simon and Shuster o el «hayarme» de la pág. 409. Que Gottlieb no se entere.
Lector voraz
Robert Gottlieb
Navona Editorial
Prólogo de Javier Aparicio Maydeu
Traducción de Ainize Salaberri
 
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