Bailar en librerías

moisés mariela sancari

 

Tengo un amigo al que veo de vez en cuando, cuando voy de librerías. Podríamos ser más amigos y también vernos más a menudo. Aprovechamos ese rato para ponernos al día de lecturas más que para ponernos al día de la vida, que sigue a lo suyo, y bien que hace. Pero el ademán de mi amigo, tomando los libros de los estantes y leyendo las contraportadas, es cansado, escéptico. Echa un vistazo a las solapas como si fueran prospectos de medicinas caducadas. Mira las fotos de autores que no conoce, mucho más jóvenes que nosotros, y desconfía de las virtudes que intento descubrirle en ellos. Vuelve a sus invariables tótems literarios, en realidad dos o tres autores de la generación de los ochenta en quienes cree con irracional entrega. Si en vez de insignificantes escritores fueran aguerridos militares o fervorosos revolucionarios, entraría sin dudarlo en sus huestes. Intento que fije su atención en apetecibles ensayos, híbridos entre la historia, la ciencia y la filosofía, o le hablo de una recopilación de cuentos completos de un autor medio secreto, o de libros de historia publicados al calor de algún acontecimiento o aniversario, pongo ante sus ojos memorias de escritores, recuperaciones de viejos autores por parte de editoriales en las que confío, intentando arrimar el ascua a su afán por leer a autores de esa generación en la que gozó con la literatura, de ese tiempo en que creía que explotaba un mundo literario contemplado con sus ojos adolescentes como si fuera una pista de baile sobre la que él danzaba, feliz. No hay manera de que sus ojos rían un poco. Confiesa que va de librerías esperando un destello, una explosión, un acto repentino de lascivo amor hacia algún libro, pero nada de eso ocurre. Para él, la literatura ha implosionado, y camina, como el Sol y España, hacia su final, al encuentro de su destino como estrella enana. Intento animarlo, adopto con él una postura analgésica, voy de médico por su vida, tienes que mirar esto de otro modo. Para mí, las librerías son un compendio de erotismo animoso: aquí y allá solo veo libros por los que querría ser eterno para tener tiempo inagotable que dedicar a su lectura. Donde él ve rutina yo adivino joyas escondidas, donde él nota el tacto aburrido de lo sabido, yo vislumbro el sugerente tul de un velo de conocimiento que quisiera que me envolviera. Todos los libros importantes ya han pasado por su vida; yo quisiera suplir mis carencias lectoras, leerlo todo. Antes de despedirnos, insisto en que el mundo sigue lleno de mediocridad, pero también de belleza y libros maravillosos. Él afirma con la cabeza, como los viejos cuando les propones un plan que les apetece pero piensan en que la pensión no les llega, y terminamos por darnos la mano, sin fuerza. La suya parece más fría que cuando nos saludamos, mientras la mía se quema sosteniendo cada libro que quisiera leer, aunque el poco tiempo me lo impida. Y mi amigo se aleja hacia la calle, bailando cabizbajo, y yo me quedo en la librería, disfrutando de mi baile eufórico.

 

Fotografía: Mariela Sancari

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4 Responses

  1. Ángel Herrero López
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    Más artículos como este, por favor. 🙂

    Saludos,

    Ángel.

    • Miguel Ángel Muñoz
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      ¡Así será, Ángel! Me alegra que te haya gustado. Muchas gracias por visitar el blog.

  2. Manuel de Mágina
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    Pues yo soy de los tuyos, aunque comprendo muy bien la actitud de tu amigo. Magnífico artículo.

    • Miguel Ángel Muñoz
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      Gracias, Manuel. Eres muy amable. Gracias por venir por aquí y leer los textos.