Hombres felices – Felipe R. Navarro

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Imagino a un escritor que ha caído víctima, no sé ni cuándo ni cómo, del virus incurable de la literatura. Imagino que ese escritor publica un primer libro de cuentos y, desafortunadamente, lo titula Las esperas. No hay nada que pueda cumplirse que no acabe por hacerlo y ese escritor al que imagino, pese a que su libro consigue buenas críticas y mejores lectores, decide, no sé por qué, seguramente por alguna mutación genética inexplicable del virus, abandonar la literatura. Una forma como otra de alejarse del mundo, de desaparecer, de cobijarse en algún sitio que piensa que es mejor que ese otro al que acaba de llegar y del que ya se aleja, ese lugar de los vanidosos, de los esclavistas libros. Los libros, esos dictadores. Nada despierta más ternura que la ingenuidad. Ese escritor que imagino debiera saber que no hay cura para lo suyo —ya lo dije en la primera frase—; pese a todo, por una conexión indebida en su cerebro, persiste en su error, y sufre, supongo, se arrepiente a trechos, supongo, no sabe qué hacer con esa parte de su vida, con esa herida que él mismo ha abierto, y que no cierra. No cierra.

Podrían pasar quince años largos, imagino, en los que ese escritor enfermo enferma aún más, por ausencia de enfermedad, por no querer ser lo que ya es. Por persistir en el silencio, cuando el silencio no existe. Lo que no se habla, se murmura. No soy capaz de imaginar cada uno de esos quince años -y un día, una condena de las largas-, los ritmos inconstantes de esas esperas, porque quince años dan para esas esperas, así en plural, como el escritor quiso en su libro aquel, que poco a poco va olvidando. Llega a convencerse de que ese libro será su única prueba de cargo ante el tribunal fantasmático que juzga el nivel de compromiso de los enfermos de literatura con su dichoso mal.

El tiempo pasa sobre nosotros como las grandes olas sobre los surfistas. Por muy buenos que sean, la ola siempre llega algo más lejos. Al cabo de quince años, ese escritor que imagino sale a correr a diario. Machaca su cuerpo corriendo, imagina que las suelas de las zapatillas lo protegen del virus, que corriendo, solo corriendo, será capaz de llegar más lejos. No sabe que cuando él sale cada día de su casa, dispuesto a hacer el trayecto habitual, el virus ya se ha infiltrado entre las plantillas y los calcetines. En cualquiera de ese montón de capas de goma y carbono que separan las piernas del escritor del suelo, de la hierba, de la tierra, en una de ellas se aloja el virus y lo acaricia durante su carrera, sin que él lo note, porque los virus literarios son para eso sutiles, muy cabrones.

Puedo imaginar alguna escena en la que el escritor se derrumba y piensa qué estoy haciendo aquí, hacia dónde quiero correr, frases así. Y puedo imaginar, sea o no sea cierto lo imagino así, que uno de esos días decide no salir a correr. Mejor quedarse en casa, que hoy está silenciosa, y ponerse a escribir. El aturdimiento. Escribe cuentos muy breves. Los va uniendo en un archivo que titula, sin titubeos, Hombres felices. Apenas relee, le asaltan las dudas, imagino, no lo sé, pero su obsesión es avanzar. Su sueño sería correr como un niño: sin dejar nada para la vuelta. Lo escribe en uno de esos cuentos, “Amarillo limón”. La voz de su discurso es la del que tiene a un interlocutor atado a una silla, que no puede dejar de escucharlo, y al que quiere vencer por agotamiento. Gira y gira hasta que las palabras se marean en sus frases. Va conformándose con lo que escribe, disfrutando, hallándose. Le divierte ser, después de todo, una especie de Sísifo juguetón, que contiene y empuja la piedra, según le da. Escribe un cuento sobre eso: “Orígenes del turismo”.

Imagino a ese escritor que ingenuamente se rebeló contra su enfermedad. Lo imagino en su mesa, escribiendo. La incandescente luz malagueña entra en escorzo por los ventanales del salón. Esa luz es benéfica. Veo a ese tipo perfectamente, como si estuviera a su espalda, excesivamente encorvado sobre el ordenador, escribiendo como quien sufre, vestido con ropa deportiva, teniendo claro que ya nunca se curará. Cuando el libro está casi acabado, brota una gran idea: un último cuento en el que, como él, una mujer escribe un texto. El de ella va sobre un artículo del Estatuto de los Trabajadores, y sobre cómo una pequeña modificación en ese artículo, que es lo mismo que decir en nuestro mundo, puede cambiar todo lo que nos rodea y el modo en que vemos nuestros alrededores. Algo así imagino que le ocurrió a ese escritor, aquel día que volvió de correr y llegó a la conclusión de que era un mierda si seguía luchando contra sí mismo. Puedes correr a tu favor, pero nunca en tu contra, porque perderás seguro. Sabe que ese cuento es el mejor de su libro, y que éste ya está acabado. Sabe que la mujer que protagoniza ese cuento es un poco él mismo, y se sorprende sintiendo cariño hacia ella. Qué raras son las emociones, y los cuentos, qué raro lo de escribir, casi tan raro como lo de correr.

 

Calígula se lo comentó a Helicón, vía Camus, así como quien no quiere la cosa: “Los hombres mueren y no son felices”. Lo sabemos todos, incluso los hombres, duros de mollera para casi todo: que morimos y no somos felices. También lo sabe ese escritor que imagino, pero el día que su libro está acabado no piensa en eso, sino en la fuerza de la carrera, en la propia marca a batir, en los murmullos, en los monólogos y diálogos interminables que las palabras se empeñan en tejer. Imagino que ese escritor, con el libro acabado, saldrá a correr otra vez. No ha cambiado tanto. Si ha tardado quince años en entender que no había cura para aquel virus que, ingenuamente, quiso espantar, tardará otros quince en llegar a la conclusión de que la vida es una cinta continua de Escher y que por mucho que corras por veredas, que saltes por trochas, que intentes alcanzar el horizonte más arduo, por mucho que te alejes de él, el lugar de tu escritura seguirá allí, sonriendo con satisfacción, esperando que vuelvas hecho polvo de esa carrera absurda para hacerte cosas impúdicas que ahora mismo, cansado por el trote, no serías capaz ni de imaginar.

Hombres felices
Felipe R. Navarro
Editorial Páginas de Espuma

Un comentario

  1. VIejo
    | Responder

    ¡Bravo!

    (Yo también tengo “La modificación sustancial de las condiciones de trabajo” como el mejor cuento de un libro que ya estaba cerrado. Menos mal que los libros no se cierran así como así).

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