Desaparece Mercurio

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El azar ha querido que haya tenido en mis manos el último ejemplar que se editará de la revista Mercurio, el de abril, dedicado a Ida Vitale, al rato de enterarme de la muerte de Rafael Sánchez Ferlosio. De un tiempo a esta parte, la cultura se llena de despedidas irreparables y asoladoras. Aparecen noticias sobre cierres de librerías; devaluación de las humanidades en la educación; desaparición de instituciones culturales; premios literarios prestigiosos que, degradados, se han sometido al criterio exclusivo de la mercantilización; arrinconamiento, cuando no total ausencia de noticias culturales en los medios de comunicación que no sean la televisión o radio públicas; creciente irrelevancia de suplementos culturales y otros medios prescriptores convencionales. 

Puede resultar acongojante recorrer las interminables páginas de los digitales y detener el scroll, con las falanges paralizadas, sin haber encontrado artículos culturales que reciban una atención parecida a la repercusión en redes del programa que la televisión emitió la noche antes en prime time o al vídeo de un perro que se batió en duelo angustioso con una pitón en las selvas más accesibles de Borneo.

La muerte de Ferlosio no tiene ninguna importancia frente a una bajada general de temperaturas.

Ante ese panorama la cultura se ha aliado con la palabra «resistencia» para compartir su significado. Muchos resisten o inician proyectos que se impondrán con dificultad o se agotarán al poco. 

Pero incluso el más optimista reconoce que el tejido cultural se va llenando de huecos. Esos huecos imponen un vacío que va dificultando las sinapsis de datos y conocimientos. Como si se tratara del avance de un alzheimer tan lento como eficaz, cada uno de esos vacíos impone a su alrededor un horizonte de expectativas que ya no se producirán y favorece el desarrollo no de una sociedad inculta —eso tendría algún remedio— sino de una sociedad que no precisa de la cultura, ni la quiere ni la necesita. Que la rechaza. Esa barbarie cotidiana avanza.

Por eso resulta inconcebible que el grupo Planeta haya decidido cerrar un proyecto de veinte años como la revista Mercurio, que hace pocos meses conmemoraba su número doscientos, y que durante más de una década brillante ha dirigido el escritor Guillermo Busutil, con generosidad y con mirada muy plural, algo no siempre presente en las publicaciones literarias. Yo he creído hasta el último momento, y me asombro de conservar esos rastros de ingenuidad, que habría una marcha atrás en la decisión empresarial, exclusivamente empresarial, cuestión de números y cuentas, y que el proyecto, tras una reconsideración lúcida, se relanzaría con un apoyo incluso mayor del grupo editorial que permitió que creciera con la amplitud de miras que ahora no ha existido. Que no me lamentaría públicamente en un texto atropellado como este.

Mercurio era una revista gratuita. Sus ejemplares volaban en las bibliotecas o librerías en que estaba disponible. Muchas personas que no accedían a otro tipo de información cultural encontraron en sus páginas una variada oferta de temas tratados en artículos de fondo, de recomendaciones de libros que pertenecían a muchos grupos editoriales y no solo al que la sostenía —lo que decía mucho de la seriedad y pluralidad del proyecto—. 

Mercurio era un proyecto cultural hecho desde Andalucía para toda España, con una calidad gráfica de primera. Echaremos de menos las entrevistas a escritores, las bellas ilustraciones de Fernando Vicente en portada y la variedad de sus temas, desde un repaso a la obra de Mendoza o a la de María Moliner hasta la bibliomanía, el cuento o la relación entre los libros y las religiones.

Ahora empezará el cortejo del recuerdo. Echaremos de menos Mercurio y recordaremos los años en que la leíamos mensualmente, sin echar cuentas, agradecidos pero acostumbrados por algo que nos resultaba natural. Ahora que desaparece, queda el hueco y duele más. Como cada vez que muere un proyecto literario —sea una editorial, una revista o una librería— la densidad cultural de una nación se debilita. También con Mercurio, claro. 

Desaparece una revista para permitir que el hueco avance. Supongo que los que han dejado morir la revista lo saben. Eso es lo que cuenta. Esa es la cuenta impagable.

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