Chus Lampreave

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Chus-Lampreave

 

 

En 2009 se hizo en Almería un homenaje a Amanece, que no es poco, en Los banderines del zaguán, que organizaba, y aún, Antonio García Curri. Varios autores dedicamos textos a nuestros personajes preferidos de la bendita locura de José Luis Cuerda. Yo escogí a mi casi paisana, Chus Lampreave, que vivía aquí desde hacía años y que aquí ha muerto. Anoche, precisamente, revisaba La flor de mi secreto, una de mis películas preferidas de Almodóvar -qué mal ha empezado la semana para él, con esto y con los Panama papers; ojalá acabe mejor con el estreno, el viernes, de Julieta-, y buscaba de nuevo las escenas de Lampreave y Rossi de Palma, delirantes y a la vez auténticas. ¿Dónde están los pimientos, que lo guardas todo, como una urraca? ¡Ahí los tiene, que le van a comer!, le replicaba de Palma. Y viéndola, y sabiendo lo viejecilla que ya estaba, pensé, un tanto cenizo, cualquier día se nos muere Chus y empezamos a echarla de menos. Mira tú.

Chus Lampreave pertenecía a la raza de los secundarios instintivos del cine español, como Luis Ciges o Antonio Gamero. No tenían las fuerzas necesarias para interpretar un papel largo, pero la película implosionaba cuando aparecían en pantalla y se metían de por medio. Giraba el plano, y sentíamos afecto instantáneo hacia ellos, y cariño por lo que decían y por cómo lo decían. Chus iluminaba sus escenas, y en sus tiempos gloriosos con Almodóvar esperábamos su aparición repentina, para ponerlo todo patas arriba. Fue trasunto de la madre del manchego. Tanto con él  como con otros directores, como Jaime de Armiñan, su auténtico descubridor, o con Trueba, solía interpretar a una señora de derechas o hiperreligiosa que paradójicamente se expresaba con furibunda irreverencia y con vitalidad surrealista. Insisto: como Ciges, ella no fue una buena actriz, sino un modo de decir, de estar en el plano, de subvertir el celuloide. Era una costura constante en el guion, una oportunidad concedida al anarquismo cinéfilo.

 

Acompaño aquí el texto que en aquel banderín dediqué a Chus Lampreave.

 

Te mereces muchos homenajes, Chus. En Amanece que no es poco haces de madre de negro catecúmeno y suicida, que heredó de ti tu buen fondo, y al que nunca dejas las llaves del portal para que entre en casa al volver de noche, a pesar de que el niño ya haya cumplido los cuarenta. No es cosa tuya, no, claro que no, sino más bien del tío Pedro, que tiene sus manías de susto a diario cuando ve a Nge Ndomo, y a estas alturas ya no va a cambiar. Ni el tío Pedro, ni tampoco Nge. Eres, como todos los vecinos del pueblo, asidua a misa y vistes con gorrilla gris de aceitunera a tiempo parcial. Interpretas como siempre, con esa naturalidad con la que pronuncias las frases, como de sobrada, con intención y sarcasmo, pero con su puntita de ternura, aunque hay que reconocer que Cuerda no te dio aquí un papel muy lucido, para todos los que te hemos visto de portera, pescadera, abuela cegata o simplemente Chus. La verdadera chica Almodóvar. Porque tu mejor papel, siempre, ha sido el de Chus haciendo de Chus. Así te queremos, como si fueras la tía loca de la familia, que anda como vaca sin cencerro. Por eso nunca te han dado premios. No se premia a quien es como es, porque sí. Al fin y al cabo, querida Chus, todos somos contingentes, y sólo tú eres necesaria.

Amanece que no es poco 3

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